La niña se peina y se retoca el pelo, moja sus labios de puberta y le sonríe. Él, mientras, no deja de hacer temblar su pierna, ansioso por algo, quizás por lo que se ve venir...y dos mesas más atrás hay cuatro hormonas andantes con un acné que marca el paso de brazos de mamá a los brazos de la borrachera que están urdiendo para esta noche entre grotescas pero noblonas carcajadas.
Dos mesas más adelante, otra vez la niña ahora mira al suelo, y él mira el reloj, mientras bate con más fuerza su pierna...y su corazón, puedo oirlo desde aquí. Aquí..., aquí estoy, quién lo diría, yo, aquel niñón con cuerpo de hombre y con sueños de héroe que sintió el abrazo de la vida mientras el alma se escapaba tras un existir seguro que quiso coquetear demasiado con él...y el coqueteo a veces duele, y cómo...
La palabra por excelencia de mi hasta-ahora-vida es siento. Si algo de mí tiene más edad que mis años es mi máquina de sentir, sentir mal, sentir bien, o sentir demasiado y a veces desconectar.
Sentir el vértigo de estar al borde del pozo al que tiras piedras y no las oyes tocar nunca el agua. Sentir la furia que implosiona en tu pecho; pecho ancho, amplio, abierto, frontón de pelotas de fuego.
No quiero pasarme de sabihondo, pero creo que el adagio “pienso luego existo” es falso; yo “siento luego existo”.
Mi máquina de sentir es como una peonza, que gira y gira y a la que de vez en cuando cambio la punta y la cuerda por el desgaste; pero de tanto rodar, la punta horada mi suelo, y por ese agujero a veces hay fugas, sobretodo de razón y sinrazón, quizás porque sobra, y lo que sobra es inservible e incluso dañino, sobrepeso.
Yo no odio. Sería hacer uso de mi máquina de sentir de forma gratuita; sería proyectar un sentimiento (con el desgaste neuronal que ello comporta) hacia alguien que no lo merece. Simplemente quiero ser inerte, imperceptible, invisible; sólo así podré alcanzar la total libertad individual.
Pero la verdadera libertad individual no existe. La libertad y la felicidad es al hombre como la liebre mecánica para el galgo de competición que nunca atrapa pero detrás de la cual corre y se destroza sus pezunas y despierta cada mañana moviendo el rabo estúpidamente.
Si dios es un invento de la iglesia para justificar su existencia, la libertad es un invento de la clase política para justificar sus contínuos errores.
Todo se decide por nosotros, desde el haber nacido hasta el cómo vivir. Supongo que lo único que queda a nuestra libre decisión es el cómo, o mejor dicho, cuánto vivir desde el momento en que el hombre toma conciencia de su capacidad para quitarse la vida.
El chico recoge su carpeta azul y se va. Ella, indiferente a la huida de su efebo, se divierte respondiendo mensajes con su teléfono móvil.
Los chavales de atrás piden otra ronda y brindan por la cacería de esta noche, aunque si siguen las rondas, les costará apuntar...
Yo también voy a pedir algo más, mientras el sol parece que está acabando su jornada por hoy. Me pregunto, ¿qué tipo de contrato laboral tendrá el sol? ¿temporal? ¿de obra y servicio? ¿trabaja sin contrato? ¿o quizás es un sinpapeles? Supongo que todos somos sinpapeles en esta vida...e inmigrantes en nuestro propio presente, huyendo de nuestra patria llamada Recuerdo.
El otro día hablaba con alguien sobre ese resquemor que uno siente cuando parece que la vida se ha instalado en ti, cuando respiras el aire y notas sus melódicos perfumes curar tus pulmones. Cuando tienes ganas de reír y llorar al mismo tiempo, y te cuesta entender qué te pasa, ¿por qué esa embriaguez contínua?, hasta por hacer lo más nímio.
Ultimamente noto una sonrisa perpetua en mi cara que no quiere irse, y ahora tengo ganas de llorar y reírme a carcajadas como esos chavales, por ver que el corazón aún me late y que a veces quiere salir de mi pecho, por ver que la gente sonríe y llora también, por ver que el mundo da vueltas y suelta su larga crin al viento del destino en el que confía y se hace un ramo de estrellas y se lo ofrece a aquellos que gustan de su olor, mientras baila y gira y sonríe...y llora.