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La Coctelera

Verborrea

Un lugar donde evacuar nuestras descomposiciones mentales

20 Abril 2008

Extenuación

La extenuación del estar y no del ser.

Ese estar cansino, utilizado ajenamente y sistemáticamente violado y violentado.

Ese estar que se antoja diferente al ser pero que le engaña y le nutre con efectivísimos y potentísmos alucinógenos para adormilarlo, aletargarlo y dejarle con todos los esfínteres y orificios corporales bien relajados para la siguiente violación.

El estar ha dominado al ser y lo ha negado como si el río negara a la fuente. Y en ocasiones el ser confunde al estar y cree que sin "estar" no se puede "ser".

El ser originalmeite despreocupado, incluso risueño, confiado en su furuto, de un día para otro recibe el gran batacazo y se da cuenta de que el estar no es más que un saco de preocupaciones desbordantes, miedos constantes e incluso desproporcionados, inseguridades, moralidades, eslóganes, bombardeos de frases y sonidos enlatados.

Y cuando el "ser" repara en todo ésto, acuden en su ayuda el prozac y la botella, las drogas y la necesaria sensación de escapismo, de defenestración mental.......y de final extenuación.

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20 Marzo 2007

A la celulosa

Escribo y excreto.
Escribo y exhalo.
Escribo y disfruto ante tal blanco mar que me incita al chapuzón de reflexiones existenciales y purgas vitales que de tan blanco, rápidamente queda salpicado de palabras inmundas y pestilentes, soeces, sin maneras, sinceras, directas e incómodas.

El papel blanco invita al recogimiento, al fetalismo. Es el regazo de Madre donde aplacamos nuestro humeante existir.

Papel con que nos limpiamos de los restos de deshumanización, despersonalización y demás "-iones", "-ades" e "-ismos" que cada día quieren hacer de nosotros lo que en realidad no queremos ser aunque a veces sí merecemos ser.

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11 Enero 2007

Pedralbes bitter-sweet blues

La niña se peina y se retoca el pelo, moja sus labios de puberta y le sonríe. Él, mientras, no deja de hacer temblar su pierna, ansioso por algo, quizás por lo que se ve venir...y dos mesas más atrás hay cuatro hormonas andantes con un acné que marca el paso de brazos de mamá a los brazos de la borrachera que están urdiendo para esta noche entre grotescas pero noblonas carcajadas.

Dos mesas más adelante, otra vez la niña ahora mira al suelo, y él mira el reloj, mientras bate con más fuerza su pierna...y su corazón, puedo oirlo desde aquí. Aquí..., aquí estoy, quién lo diría, yo, aquel niñón con cuerpo de hombre y con sueños de héroe que sintió el abrazo de la vida mientras el alma se escapaba tras un existir seguro que quiso coquetear demasiado con él...y el coqueteo a veces duele, y cómo...

La palabra por excelencia de mi hasta-ahora-vida es siento. Si algo de mí tiene más edad que mis años es mi máquina de sentir, sentir mal, sentir bien, o sentir demasiado y a veces desconectar.

Sentir el vértigo de estar al borde del pozo al que tiras piedras y no las oyes tocar nunca el agua. Sentir la furia que implosiona en tu pecho; pecho ancho, amplio, abierto, frontón de pelotas de fuego.

No quiero pasarme de sabihondo, pero creo que el adagio “pienso luego existo” es falso; yo “siento luego existo”.

Mi máquina de sentir es como una peonza, que gira y gira y a la que de vez en cuando cambio la punta y la cuerda por el desgaste; pero de tanto rodar, la punta horada mi suelo, y por ese agujero a veces hay fugas, sobretodo de razón y sinrazón, quizás porque sobra, y lo que sobra es inservible e incluso dañino, sobrepeso.

Yo no odio. Sería hacer uso de mi máquina de sentir de forma gratuita; sería proyectar un sentimiento (con el desgaste neuronal que ello comporta) hacia alguien que no lo merece. Simplemente quiero ser inerte, imperceptible, invisible; sólo así podré alcanzar la total libertad individual.

Pero la verdadera libertad individual no existe. La libertad y la felicidad es al hombre como la liebre mecánica para el galgo de competición que nunca atrapa pero detrás de la cual corre y se destroza sus pezunas y despierta cada mañana moviendo el rabo estúpidamente.

Si dios es un invento de la iglesia para justificar su existencia, la libertad es un invento de la clase política para justificar sus contínuos errores.

Todo se decide por nosotros, desde el haber nacido hasta el cómo vivir. Supongo que lo único que queda a nuestra libre decisión es el cómo, o mejor dicho, cuánto vivir desde el momento en que el hombre toma conciencia de su capacidad para quitarse la vida.

El chico recoge su carpeta azul y se va. Ella, indiferente a la huida de su efebo, se divierte respondiendo mensajes con su teléfono móvil.

Los chavales de atrás piden otra ronda y brindan por la cacería de esta noche, aunque si siguen las rondas, les costará apuntar...

Yo también voy a pedir algo más, mientras el sol parece que está acabando su jornada por hoy. Me pregunto, ¿qué tipo de contrato laboral tendrá el sol? ¿temporal? ¿de obra y servicio? ¿trabaja sin contrato? ¿o quizás es un sinpapeles? Supongo que todos somos sinpapeles en esta vida...e inmigrantes en nuestro propio presente, huyendo de nuestra patria llamada Recuerdo.

El otro día hablaba con alguien sobre ese resquemor que uno siente cuando parece que la vida se ha instalado en ti, cuando respiras el aire y notas sus melódicos perfumes curar tus pulmones. Cuando tienes ganas de reír y llorar al mismo tiempo, y te cuesta entender qué te pasa, ¿por qué esa embriaguez contínua?, hasta por hacer lo más nímio.

Ultimamente noto una sonrisa perpetua en mi cara que no quiere irse, y ahora tengo ganas de llorar y reírme a carcajadas como esos chavales, por ver que el corazón aún me late y que a veces quiere salir de mi pecho, por ver que la gente sonríe y llora también, por ver que el mundo da vueltas y suelta su larga crin al viento del destino en el que confía y se hace un ramo de estrellas y se lo ofrece a aquellos que gustan de su olor, mientras baila y gira y sonríe...y llora.

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14 Noviembre 2006

Júvenos y Júvenas

Al niño aquel parecía que le habían puesto una ensaladera en la cabeza y le hubieran cortado el pelo que sobresalía. Creo que entonces lo llamábamos a lo surfer o algo así. También llevaba los pantalones por encima del tobillo con calcetines de cuadros ingleses y zapatitos náuticos y la carpeta forrada con grandes olas hawaianas.

Nadie menos yo sabía lo que era el hip hop o el jazz y a la gente le encantaba escuchar a Rick Astley y a los Communards en aquellos gualkmans con fundas de color naranja chillón.

Entonces el concepto de mujer suponía para mí una especie de entelequia abstracta, deificada y relegada a las fantasías onanísticas a menudo cercadas a verdaderas marcas olímpicas. Mientras, el patio del colegio se había convertido en el mayor mercado negro de pornografía de todo el universo estudiantil y el trapicheo de revistas guarras era el pan de cada día. Algún calentón que otro nos agarrábamos con alguna página suelta que caía despedazada de alguna revista que de tan sobada y utilizada quedaba abandonada en alguna basura, aunque recrearse en la visión de una revista entera, quedaba sólo reservado a los mayores y selectos pornotraficantes del colegio.

Los de mi clase flirteaban con el alcohol de cartón a cien pesetas (exactamente sesenta céntimos de euro) mezclado con cola baratísima. Se oían rumores de líos y rollos entre gente de mi colegio y chicas de las Esclavas del Señor .

Los centros de adiestramiento humano de aquella ciudad contenía a las siguientes, ahora llamadas, tribus urbanas: los pijos de los Maristas, con los que siempre acabábamos a hostias en algún callejón cercano al colegio (yo por aquel entonces llevaba gafas y ejercía ademanes del mejor Woody Allen, por lo que decidí convertirme en un convencido pacifista adolescente); los verdaderamente malosos: la peña del instituto Santa Clara, el instituto público más grande de mi minúscula megápolis a donde iban a parar los huesos de la peor purria; no sin el permiso del Instituto Barrio Pesquero, un verdadero criadero de vietcons a orillas del Cantábrico.

Las Esclavas. Ni aunque viva mil años olvidaré cómo sus faldas azules plisadas caían perversamente justo encima de sus rodillas, con aquellos calcetines blancos y las camisitas azul celeste con un lazo azul marino que escondían dos incipientes (o ya del todo formadas) bellezas mamatorias.
Hey tío, que hay fiesta en las esclavas este viernes- corrían los rumores y calenturas por los pasillos del colegio. En ese momento las hormonas tomaban control absoluto de tu mente y cuerpo: primero el calentón de marras y el mariposeo en el estómago y luego aquel barato romanticismo juvenil recreando el reencuentro con aquella Esclava del Señor que un día cruzó una mirada contigo (seguramente no contigo, sino con guaperas de turno que estaba detrás tuyo) y con la que sellaste tácitas promesas de amor y lujuria eternas. Luego, el marronazo: cómo convencer a tus padres de que te ibas esa noche a una fiesta (en principio benéficas o para recaudar fondos para viajes de fin de curso) hasta altas horas de la madrugada (la una aprox.) en la que, por supuesto, corrían ríos de fanta y en la que las chicas eran puras y castas pero más putas que las gallinas...

Sinceramente, no tengo muchos recuerdos de las dos o tres ocasiones en que pude adentrarme en la isla de las esclavas calentorras, ni tampoco me acuerdo de cómo iba vestido para tal magna ocasión; los nervios que me invadían ante el sólo hecho de estar rodeado de un número considerable de potenciales usuarias del cuero y el látigo me cegaba la percepción.

También he de decir que en aquellos años míos pasaba mucho de entrar a tías o de entrar en aquel juego de a mi amiga le molas, o te espero bajo la higuera del patio para pegarnos unos litros de kali y unos lengüetazos, tampoco mi ligero sobrepeso y mis tempranas gafas ayudaban mucho a la labor cinegética. Disfrutaba más teniendo conversaciones sobre política internacional, comunismo, fascismo, pasar mensajes cifrados en alfabeto cirílico (en un ademán bolchevique de aprender ruso) o simplemente hablar de jazz, soul, hip-hop o los comienzos de lo que más tarde se vino a etiquetar como música grunge.

Corría el rumor de que el nene surfer que estaba tripitiendo curso se había enrollado con la tal y la cual, y que la prima de la cual había pillado la mononucleosis porque le había hecho la limpieza bucal a media megápolis estudiantil..., menos a mí.
Aquel surfero fumaba porros. O por lo menos de ello se jactaba, y se jactó tanto que llegó a oídos de toda la Asociación de Padres. El sólo hecho de la noticia hizo que mi colegio se revolucionara. Padres pidiendo la expulsión del chico, gente que incluso se planteaba la posibilidad de la rehabilitación -pobre chico, por ahí se empieza y se acaba drogadiSto. Un par de años más tarde me enteré de que la profecía se cumplió. El chaval, un surfer niño rico acabó en un centro de rehabilitación por sus profusas aspiraciones blancas. Inolvidable.

Aunque aquellas fiestas normalmente eran organizadas por los alumnos de COU (bendita EGB), nunca se vio a nadie de ese curso compartiendo chanzas con los allí presentes.
Aquellas reuniones se convertían en una especie de aquelarre adolescente donde fácilmente se podía sacar destrangis algún tipo de bebida alcohólica barata para, clandestinamente, agarrarse los típicos pedos adolescentes francamente patéticos. Yo entonces era abstemio, no por convicción sino porque, como mi virginidad, guardaba mi impoluto hígado para que mi primera borrachera fuera especial. Consideraba que si te la tenías que agarrar, debía ser con clase, como esos caballeros que se privan una docena manhattans apoyados en la barra forrada de cuero de algún club selecto sin perder la compostura y como máximo, desabrochándose el cuello de su camisa. Y lo cierto es que mis congéneres dejaban mucho que desear respecto a sus experiencias etílicas. Era verdaderamente tragicómico ver a aquella troupe de hijos escolapios e hijas esclavas retozando entre insoportables hedores hormonales mezclados con olor a serrín mojado (hecho un lodazal inmundo por la trallada de alguna tontita que bebía más de lo que su primigenio hígado le permitía), las colonias a mil pelas robadas de a sus padres y la música asquerosa digna de cualquier operación triunfo acnéico.

De media, no podía aguantar más de dos horas en aquella fiebre del sábado noche cutre y provinciana. Prefería meterme con algún compañero de la resistance en aquel tugurio con luces bajas donde sonaba algún blues arrastrado y pantanoso de Johny Lee Hooker y donde jugábamos al billar rodeados por individuos de media treintañera que nos miraban no sin cierta compasíon y asombro por ver a aquellos free riders que jugaban a estar en New Orleans mientras hablaban de política y soñaban con un futuro apasionante entre tacada y tacada.

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3 Noviembre 2006

Sucursal 260

Estoy mojado. Tengo frío. Hoy no he probado bocado simplemente porque el cabrón de la sucursal doscientos sesenta no me ha querido abrir. ¡Dios bendito, sólo quería sacar los míseros cuatro duros que me quedan hasta final de mes!

Tengo la tarjeta, pero no me acuerdo del maldito código secreto; códigos y más códigos, como si no tuviese otra cosa en que ocupar mi cabeza más que en los jodidos códigos; pronto voy a necesitar saber un código hasta para meneármela.

Me pregunto por qué son tan cabronazos todos los empleados de este banco. ¿Qué pasa, que los eligen así, o qué? Cada vez que sales de tu sucursal tras haber sacado cuatro perras de tu torturada cuenta te invade un inexplicable e incómodo sentimiento de culpabilidad; incluso cambié de sucursal para ver si los empleados son distintos, pero todos son lo mismo, son todos unos condescendientes hijos de puta que creen que por tener (o retener, mejor dicho) tu dinero ya tienen derecho a decidir sobre tus próximos treinta años de vida y quizás por eso nos infunden tanto respeto.

He llegado un minuto más tarde del cierre, mojado hasta la médula y no me han querido abrir. Puede que me esté cayendo de inanición, pero el tío se limita a mirarme, señalar su reloj y decirme moviendo su cabeza de seboso que no; y ahí está el muy lameculos, elogiando el nuevo modelo de móvil que se ha comprado el judas de su jefe.

Tengo ganas de hacer caso a mis tripas rabiosas, tirar la puerta abajo y coger mi poco dinero, porque es mío, y aun así no lo puedo tener.

Estoy mojado. Echo de menos a mi madre; recuerdo sus cálidas manos secándome el pelo al volver empapado del colegio mientras me regañaba por haberme olvidado el paraguas.
Bueno, dejémoslo.

Camino por la calle, recordándome de todos los santos del cielo, mientras me agarro una mojadura del demonio. Veo a la gente que estúpidamente se agita, grita y ríe porque comienza a llover. Me fijo en una pareja abrazada bajo un ridículo paraguas de plástico decorado con flores multicolores, con cara de estúpida felicidad porque llueve. No entiendo cómo la gente puede ser tan idiota de divertirse con la fría lluvia; debe ser porque ellos ya han comido, y yo no.

Yo lo único que quiero es que mi madre me seque el pelo con toallas limpias, rezumantes a suavizante, aquel del peluche blanco cursi que habla. Pero no me alegro de que llueva, simplemente me puteo.

Tengo hambre. Mis tripas van a amotinarse en breve, lo veo venir. Ni siquiera tengo derecho a echar la siesta porque no he comido; pero me muero de sueño. Pienso que no podré comer hasta mañana y me pongo a escribir para olvidar el hambre.
Me llenaré la tripa de agua, que es lo único que puedo tragar ahora, y engañaré a mi estómago.
He pensado en acercarme a la hamburguesería americana de la esquina y gritar a los cuatro vientos que soy ciudadano americano para ver si por solidaridad patriótica me invitan a una de sus hamburguesas dobles con queso y salsa de pepinillos...¡joder, me empieza a doler el estómago...! Si en las películas el guaperas de turno se libra de los sádicos bolcheviques sólo con llegar a su embajada y gritar que es yanki, por lo menos, una burguer, digo yo que caerá. De todos modos, creo que mi acento celtíbero no colará; el inglés no se me daba bien en el colegio, y entonces me preguntaba para qué servía estudiar inglés....soy inútil hasta para eso.
¿Y si amenazo al dependiente con un vaso de plástico roto?

Empiezo a soñar con mañana, dentro de quince largas horas, más o menos; con las relucientes puertas del detector de metales de la sucursal y el cajero esperándome con una sonrisa para sacar mis fortunas.

Sueño con que mañana no llueva, o que por lo menos me pueda refugiar en aquel paraguas de plástico decorado con flores multicolores.....

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14 Octubre 2006

Saltando

A veces tengo la impresión de ir saltando de un lado para otro, de aquí para allá, de estar en un sitio y luego en otro, de no quedarme nunca en un lugar determinado.

A veces tengo la impresión de ir saltando de un lado para otro, de un estado a otro, de la penumbra al sol cegador, de la cueva al campo abierto. Y cada vez que salto, un trozo de mí cae y se queda en el camino. Esos trozos son como semillas que germinan en el suelo en que caen y su tallo me crece alrededor del cuello y me estrangula; entonces es cuando me cuesta respirar, y cuando rompo de un mordisco ese tallo, guardando en mi bolsillo las flores que nacen de él, flores inmundas que ahora están secas de las que sólo quedan el sabor amargo de su savia....

De tantas semillas que he ido dejando, sus raíces crecen y crecen, y se unen entre ellas, entre cada planta que nace en cada trozo de mundo en que caen y se entrelazan, transmitiéndose su savia una a la otra, y por eso, aunque parezca que salto de un lado a otro, que cada paisaje es distinto, al final siempre queda en mi boca el mismo gusto amargo de la savia primaria.

Y a veces quiero correr, dejar atrás la inmundicia que cae de mí, que germina, que crece, que me ahoga, que me amarga el mínimo mordisco de dulzura que pocas veces me llevo a la boca.

Por eso, un abrazo, una mirada, un beso fugaz, un roce mínimo, un aliento perfumado, un vino calentando mi garganta, la sonrisa de un niño, la brillantez de la luna dejando un camino de plata en la mar nocturna, la humedad de las lágrimas en mis ojos, el olor explosivo de una piel de mujer que rezuma vida, las arrugadas manos de un viejo, la tersura de un pétalo, el aire de la mar, el olor de la hierba recién cortada, el dolor del recuerdo...son las tijeras con las que corto esos tallos, esas ramas que me impiden correr, caminar.

Dedicado a Panamá, el puente entre dos mundos

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11 Octubre 2006

Todos queremos ser Chinaski II Parte

Reconozco que mi afición al universo Bukowski es superior a mis fuerzas y por hacerme caso de las malas críticas (esas verborreas pseudointelectualoides escritas por neohippies de tres al cuarto que empiezan a hablar de trávelings y técnicas de contrapunto para un lector que simplemente quiere saber si va a invertir bien sus euros en el cine de la esquina) me negué cual numerario opusdeista a ver semejante café aguado. Pues bien, de vez en cuando hay que romper los esquemas y hacer caso a los críticos porque en este caso tienen más razón que un santo.

La película es mala, mala con cojones. Y lo peor de todo es que alguien que no haya leído el libro no se enteraría de absolutamente nada ya que por muchas toneladas de imaginación que se le pueda echar, si no recreas el libro mientras visionas las imágenes es como si estuvieras viendo una peli de Kurosawa con subtítulos en arameo. Aunque no sé si haber leido el libro en realidad es peor porque uno que lo ha leido dos veces, se siente verdaderamente estafado porque lo que disfrutas de la película no es la misma en sí sino las imágenes que tu mente proyecta.

Aunque no todo es malo. Vale la pena visionar el bodrio aunque sólo sea por disfrutar de la interpretación de Matt Dilon. Ocurre como cuando relees la magistral obra de Kesey Alguien Voló Sobre el Nido del Cuco y no puedes quitarte de la cabeza la histriónica cara de otro maldito del cine: Jack Nicholson. Ahora me pasa lo mismo con el gran Rourke y Dilon al pensar en el borracho de Chinaski.

La verdad es que el tipo se mete de lleno en la piel de Chuck Chinaski y por momentos, lo hace tan bien que adopta incluso muecas y posturas físicas de un joven Bukowski.

Si para ver Barfly debe ser en un domingo lluvioso, con Factotum hay que hacerlo un día en que no tienes nada mejor que hacer y en vez de estar echando la siesta te apetece pasar el rato con cualquier cosa.

El Neohippie Pseudointelectualoide

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29 Septiembre 2006

Palos de ciego (reflexiones vulgares de un lunes por la mañana)

Eso es lo que estamos haciendo, dar palos de ciego. No sabemos dónde demonios estamos ni a dónde carajo vamos. Lo que sí creo que nos queda claro es de dónde venimos. Cada uno tiene muy claro cuál es su orígen y de qué manera le influye el mismo en su día a día. Parece que poco. Parece que nada se ha quedado en la mente de aquellos que no recuerdan las derrotas pasadas, cuyo caldo de cultivo es propicio en su presente para que se vuelva a repetir…., la derrota, me refiero.

Pero el hombre es el animal que siempre tropieza con la misma piedra dos veces. Supongo que la soberbia nos sobrepasa y no podemos aceptar que haya una serie de cosas que son superiores a nuestro libre albedrío. Y esa soberbia, como un pañuelo atado a la cabeza, nos ciega y nos hace dar palos de ciego. Como si tuviéramos el camión justo enfrente nuestro pero no rectificáramos nuestro camino….., estúpidos somos.

Y así nos va. Un sistema político que no responde, ni de lejos, a las espectativas ni necesidades de los que allí han puesto a esos que no dejan de ser simples funcionarios públicos. Un sistema laboral en el que te comen la oreja diciéndote que te tienen en cuenta como una pieza importante de su organización pero que en realidad no eres más que un número. Y tú, imbécil, te levantas cada mañana pensando que ese día te vas a comer el mundo y que ese día te colgarás el medallón padre. Inocente, no te das cuenta de que tú llegarás hasta donde te permitan los poderes fácticos.

En realidad, yo quiero ser como mi gato. Levantarme por las mañanas y sólo preocuparme por los bichos que pueblan el apartamentito de cuarenta y pocos metros cuadrados de mis amos (amos porque les dejo, porque en realidad ellos son míos). Ver todas las mañanas a mi amo levantarse con cara de mala hostia y ya jurando en arameo cosas que yo no entiendo. Ver cómo llega por las noches completamente reventado y con unas extrañas sombras oscuras debajo de sus ojos. Y ver que no tiene ganas de jugar, que no me deja su mano para poderla morder y arañar como antaño. Ver cómo mi amo se ha vuelto huraño y gruñón porque hace mucho tiempo que no hace nada que le guste...algo que a mi, como gato, me tendría que parecer extraño, porque yo hago lo que me da la gana.

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Sobre mí

Inmerso en el primer tramo del túnel. Hasta las orejas de realidad.

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