A veces tengo la impresión de ir saltando de un lado para otro, de aquí para allá, de estar en un sitio y luego en otro, de no quedarme nunca en un lugar determinado.
A veces tengo la impresión de ir saltando de un lado para otro, de un estado a otro, de la penumbra al sol cegador, de la cueva al campo abierto. Y cada vez que salto, un trozo de mí cae y se queda en el camino. Esos trozos son como semillas que germinan en el suelo en que caen y su tallo me crece alrededor del cuello y me estrangula; entonces es cuando me cuesta respirar, y cuando rompo de un mordisco ese tallo, guardando en mi bolsillo las flores que nacen de él, flores inmundas que ahora están secas de las que sólo quedan el sabor amargo de su savia....
De tantas semillas que he ido dejando, sus raíces crecen y crecen, y se unen entre ellas, entre cada planta que nace en cada trozo de mundo en que caen y se entrelazan, transmitiéndose su savia una a la otra, y por eso, aunque parezca que salto de un lado a otro, que cada paisaje es distinto, al final siempre queda en mi boca el mismo gusto amargo de la savia primaria.
Y a veces quiero correr, dejar atrás la inmundicia que cae de mí, que germina, que crece, que me ahoga, que me amarga el mínimo mordisco de dulzura que pocas veces me llevo a la boca.
Por eso, un abrazo, una mirada, un beso fugaz, un roce mínimo, un aliento perfumado, un vino calentando mi garganta, la sonrisa de un niño, la brillantez de la luna dejando un camino de plata en la mar nocturna, la humedad de las lágrimas en mis ojos, el olor explosivo de una piel de mujer que rezuma vida, las arrugadas manos de un viejo, la tersura de un pétalo, el aire de la mar, el olor de la hierba recién cortada, el dolor del recuerdo...son las tijeras con las que corto esos tallos, esas ramas que me impiden correr, caminar.
Dedicado a Panamá, el puente entre dos mundos

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